El primer frasco no lo compré yo...
Tenía como ocho años la primera vez que abrí una maleta buscando algo que no fuera un regalo cualquiera. Mi papá viajaba seguido por trabajo, y antes de cada viaje yo le pedía lo mismo: tráeme un perfume de donde vayas. No sabía explicarlo bien entonces, pero quería oler los lugares que él visitaba. Quería saber a qué olía una ciudad que nunca había pisado, qué usaba la gente ahí, qué estaba de moda a miles de kilómetros de mi cuarto.
Cada frasco nuevo era un mapa. Me sentaba a olerlo una y otra vez tratando de separar las notas —¿eso es cítrico o es especia?, ¿por qué al final huele distinto que al principio?— sin saber todavía que eso tenía nombre, que se llamaba pirámide olfativa, que existía gente que dedicaba su vida entera a diseñar exactamente esa sensación.
Han pasado más de 20 años y sigo haciendo lo mismo, solo que ahora entiendo un poco más de lo que huelo. Esa curiosidad de niño —la de entender el mundo a través de lo que no se ve pero sí se siente— es exactamente lo que hay detrás de cada decant que preparo.
No te voy a vender el perfume más caro ni el que esté de moda esta temporada. Te voy a preguntar qué buscas, cómo quieres sentirte, qué momento del día quieres capturar —y de ahí partimos. Por eso existen los decants: para que puedas explorar sin comprometerte a un frasco completo antes de estar seguro.
Sigo aprendiendo. Mi siguiente paso es cursar un diplomado en perfumería, para ponerle nombre técnico a lo que llevo dos décadas haciendo por instinto —y así asesorarte mejor cada vez.
Si tienes dudas, escríbeme directo por WhatsApp. Ahí voy a estar, como asesor, no como vendedor.
—Juan Carlos